Cuando el alma también entrena

A veces, no es que un jugador sea difícil o que un compañero no encaje, es que viene roto por dentro.

Y cuando alguien está roto, sin querer, puede terminar rompiendo a los demás. No por maldad, sino por dolor.

En el deporte (como en la vida) las heridas también se notan en la cancha: en la actitud, en la mirada, en cómo se reacciona ante el error o la presión. Por eso, antes de entrenar el cuerpo, hay que aprender a entrenar el alma.

La gente que ya sanó, que se conoció de verdad, no presume su proceso.

Ayuda sin hacer ruido, escucha sin juzgar y transmite calma, incluso en los momentos más tensos del juego.

Un deportista que ha sido bien acompañado, que ha sentido apoyo real, ama su deporte de otra manera: no compite desde el ego, sino desde la pasión; no exige reconocimiento, busca conexión; no mide, simplemente da lo mejor de sí.

Y también están los que han cambiado, y se nota.

No porque lo digan, sino porque ya no reaccionan igual ante un fallo, ya no pelean por todo, ya aprendieron a soltar.

Eso, en un equipo, se siente. Se traduce en confianza, en madurez, en liderazgo.

Pero hay otros que aún cargan con su frustración.

No gritan, pero su energía pesa. Se les nota en la mirada, en la forma en que contagian desánimo o tensión.

Y eso, en un entorno competitivo, drena la motivación colectiva.

Por eso te lo digo como coach: cuida tu entorno emocional tanto como tu rendimiento físico.

No por miedo, sino por respeto a ti, a tu carrera y a tu paz mental.

Rodéate de personas que te aporten calma, no excusas.

De quienes te escuchen de verdad, no de quienes te juzguen por un mal día.

De los que te impulsen a crecer, no de los que te desgasten con su negatividad.

Porque cuando entrenas y compites rodeado de buena gente (de compañeros que vibran alto, que se alegran por tus logros, que te sostienen cuando fallas), el deporte se disfruta más.

El cuerpo responde mejor.

Y el alma, también se fortalece.

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