La culpa siempre es de otro

El egocentrismo provoca que perdamos de vista las necesidades de los demás y que no nos hagamos cargo de las consecuencias de nuestros actos. La proyección, la evitación o el ataque son algunos de los mecanismos empleados para evadir la responsabilidad.

Coincidir en la opinión de que vivimos en una sociedad egocéntrica no parece complicado: nos hemos transformado, cada vez más, en seres que se enfocan plenamente en sus propias necesidades, deseos y miedos. Eso, a priori, no tendría por qué tener connotaciones negativas si no fuera porque ese «plenamente» en muchos casos incluye un «exclusivamente». En un momento en el que el término de responsabilidad afectiva se ha deslizado hasta muchos discursos cotidianos, parece que en la práctica todavía estamos lejos de llegar hasta ella.

Existen algunos elementos que pueden situarse como desencadenantes de estos comportamientos y actitudes «yoístas»: el auge del coaching y la omnipresencia de las nuevas tecnologías son algunos de ellos, aunque hay quienes piensan que la sociedad ya estaba bañada de egocentrismo antes y ahora solo se ha potenciado.

En cualquier caso, situar el autocuidado como precepto base nos invita a enfocarnos, de forma integral, en un esmerado y completo desarrollo personal. Pero se da una cuestión importante: preservar el bienestar resulta positivo siempre que no dejemos de tener una perspectiva algo más amplia que incluyan también las necesidades ajenas. Además, tenemos las redes sociales y la visibilización permanente de diferentes aspectos de nuestras vidas cotidianas, exaltadas como vivencias trascendentales y, supuestamente, de interés para otras personas. Nos nutrimos de aprobaciones y elogios digitales que inflan nuestro ego.

Responder por nuestros actos y hacernos cargo de las consecuencias se ha vuelvo algo infrecuente

Podemos ver las expresiones de la sociedad egocéntrica en múltiples ámbitos, como el personal, el social, el laboral o el político. Esta nueva forma de existir conlleva múltiples peligros; uno de los principales, y de los más preocupantes, pasa por considerar que nuestra propia percepción de la realidad es la más valiosa y, por extensión, que no tenemos responsabilidad en las situaciones de las que formamos parte. Comprometernos, responder por nuestros actos y hacernos cargo de las consecuencias de estos se ha vuelvo algo infrecuente: no es raro cuando diariamente nos nutrimos de la presunción narcisista de que podemos recibir y recibir sin ofrecer nada a cambio.


La culpa nunca es mía

El ámbito de la psicología identifica algunas estrategias para evadir responsabilidades. La proyección es una de las más frecuentes: atribuir a las demás personas nuestros propios sentimientos, motivaciones y deseos para no reconocerlos como propios. Se proyectan sobre otras, a quienes se culpa cuando hay un sentimiento de enfado, frustración o tristeza. También se puede hacer uso del ataque para evadir un compromiso. En este caso, la persona tiene conciencia de haber cometido un error, pero decide atacar antes de que se le reclamen responsabilidades. La evitación es otro mecanismo frecuente; en este caso, no se produce enfado ni lucha, simplemente se da una huida o escape de la situación cuando intentamos que alguien cumpla un acuerdo.

Existen más formas de actuar para evadir que algo ha sido nuestra culpa. También se puede optar por la negación. Resulta sencillo: si la persona se ha comprometido a algo y se lo recordamos, lo negará. El desgaste también se emplea como recurso ante este tipo de situaciones. Consiste en centrarse en un detalle mínimo y argumentar sobre ello prolongadamente. De este modo, la persona no se centrará en el problema o en las consecuencias de sus actos, sino que redirige la atención hacia otro punto alejado de la cuestión central. En un término extremo, hay quienes optan por la intimidación: recurrir a vejaciones, desprecios o burlas para echar balones fuera y no asumir la propia culpa. Se trata de una herramienta de poder.

Puede que las relaciones sociales estén cada vez más influenciadas por la búsqueda del máximo beneficio empleando los menores recursos posibles. Quizás estamos perdiendo de vista que no podemos «ser» en plenitud sin cierta reciprocidad con el resto. Nos movemos a diario en esa danza que oscila entre el interior, lo íntimo, y lo exterior, lo colectivo, lo social. Necesitamos buscar los pasos esenciales precisamente para recuperar algo vital: ver que no somos las únicas, que hay otras personas a las que podemos hacer daño. Lo cierto es que hay que ver al resto y encontrar la manera de no perder el equilibrio entre lo propio y lo ajeno.

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